lunes, 3 de septiembre de 2012

Aquel invierno no paraba de llover.

Han pasado tres años desde que empezó todo y, si te soy sincera, sigo llorando cada maldita vez que escucho esta canción. Tú nunca lo supiste, claro; supongo que no lo habrías sabido ni aunque yo te lo hubiera contado. Pero me tiré todo el invierno siguiente (el de hace dos) escuchándola a modo de tortura, de 8.10 a 8.25 de la mañana, una y otra vez durante los quince minutos que tardaba en llegar a la facultad. Y era justo al pasar por Filosofía, unos doscientos metros antes de entrar a clase, cuando me derramaba por el suelo. Día tras día. 

Ahora hace tiempo que ya no eres tú. Me gustaría saber dónde estás, si eres feliz, sólo eso. Pero a mi nostalgia infinita se le juntó el miedo eterno con esta canción, y ahí se ha quedado, fíjate. La almaceno como quien guarda un tesoro en el cajón de la mesita de noche, junto con aquellas otras dos, de las que seguramente te hayas olvidado también: una tarjeta blanca que sigue en mi cartera (anda, quítate los miedos, las flores y las trampas) y algo de la carne, el placer, y la alevosía que se esconde en la mujer.

Porque nunca seremos tan jóvenes como esta noche, que decía yo entonces. Qué corto se me hace el viaje.

2 comentarios:

Ché Pérez dijo...

Qué jodidamente corto y cuánto podemos disfrutarlo...

Shaynne dijo...

Y cómo te echo de menos, jodido :)