sábado, 22 de junio de 2013

Toque de queda.

He vuelto a mi bar de los quince años y seguía sonando Maneras de vivir. Como si no hubiera pasado el tiempo, como si esas paredes azules albergaran un micromundo incapaz de morir nunca. El mismo camarero, el mismo vacío, la misma puerta roja con el pestillo por la parte de fuera; el mismo baño con los recortes de tebeo y los carteles aquellos, afiches casi, de tiempos mejores. Rosendo que va cruzando el calendario y la barra desierta, con una desolación que huele a muerto y te inuda de ganas de llorar. La ausencia de relevo generacional. 

Supongo que esto es lo que significa tener un amigo, uno de verdad. Y sonrío con el pensamiento mientras en el coche suena Bob Dylan y él conduce como quien no va a ninguna parte, sin prisa, acelerando por el puro placer de pisar el pedal. Cinco euros la hora pero-bueno-no-me-quejo-podría-ser-peor y me dice que en el pueblo ya no tiene a nadie, que el que era su hermano se le fue del país hace un año (que necesita salir de ahí pero de qué va a comer), sonriendo como en esas películas en blanco y negro, donde-todo-es-tan-bello. Yo le digo, me nublo de tonta, que estoy enamorada.

A las dos de la mañana mi pueblo parece un pueblo fantasma. Será por la nada que le rodea, por los limonares estos que no acaban nunca y terminan por confundirse consigo mismos. Como quien no sabe cuándo abrir la acequia, como quien muere en la droga. Asfixia dentro de la placenta, volver a lo que fuimos. Estos veintiún años que nos matan.