Se mira en el espejo y sabe que cualquiera querría follarla. Así, sin más, porque para qué hace falta más. El problema es que no sabe dónde buscar a ese cualquiera.
Está tan bonita como sola, se ponga lo que se ponga. Con su moño de bailarina, su cuello de ciste y sus labios rojos de puta barata. Y un vestido negro que metió en la maleta no sabe para qué, si total, no iba a tener nadie ante quien quitárselo.
Tiene la cara manchada de rímel y un agujero en las medias. Tira de la rejilla con fuerza, agrandando la carrera. Y se quita el pintalabios a golpes de rabia mientras se dispone a meterse sola en la cama.
Madrid decía adiós por la ventanilla, pegando las palmas de las manos al cristal tan fuerte que las uñas iban separándose poco a poco de la yema de los dedos, despacio, despacio, mientras todo se mojaba regado por las lágrimas de no creer, de no entender. Madrid se encogía en el asiento, sí, sin querer mirar de reojo a la compañera de viaje ni estirar las piernas ni tumbar el reposacabezas, no, porque el tiempo había pasado demasiado deprisa y ahora sólo se podía apretar los puños y cerrar los ojos con rabia, hasta que párpado y pupila se incrustan y el cerebro crea la falsa sensación de estar viendo parpadeos blancos sobre fondo negro.
Madrid necesita tiempo para asumir lo que ha vivido este año. Tiempo para entender los fracasos estrepitosos y las pequeñas victoras, para asentar lo aprendido y removerlo mucho por dentro (que no, que no, que no se quede sentado), para sonreír despacito recordando paseos nocturnos y abrazos y comisuras traviesas y pelos al viento y gritos al aire y gafas rojas con el metro de Londres y manos y fotos y sofás negros y conciertos y ritmos en la pared y cervezas en la terraza y comidas en el Retiro y disfraces de carnaval. Y llantos, y carreras y orgasmos y besos, y amigos.
Madrid quiere ponerse música de pensar, cerrar los ojos desnuda sobre un colchón e ir ordenando cada uno de sus recuerdos para llegar finalmente a aceptar que son reales. Madrid se encoge, se encoge, tan frágil como un espejo del Barbieri, tan fuerte como una inmigrante en Lavapiés. Y apoya la cabeza en el cristal, sin saber si mirar o no a la ciudad que se queda detrás.
La desnudez es violenta por lo que tiene de íntima, por las verdades que escupe, por la imposibilidad de esconderse ante lo evidente. Desnuda desaparece la apariencia, reaparece la persona. Y todo el mundo es, de pronto, normal (la señora duquesa no tiene piel de visón, no, ni el chaval que bebe ahí en la acera lleva la riñonera pegada a la entrepierna; tú y yo, al fin y al cabo, podríamos ser yo y tú).
No molesten, señores, señoras. Que quien se encoje en el sueño trata, por fin, de desnudarse en público. Que quien sueña la realidad trata, por fin, de desnudar al público.
(Cuando despertó, el campamento todavía seguí allí).
No puedes. No puedes pretender mirarme así, sonreír con esa maldita mirada tuya de infancia atormentada, y pasar a preguntarme. No puedes describir lo que te gusta. No puedes creer que yo no me muero, no me diluyo, no me rompo de placer tratando de recordar al llegar a casa. No puedes hacer como si nada, como si no entendieras. No puedes apartarte el pelo de la cara de esa manera, joder, no puedes. No puedes dar besos en el cuello, no, ni abrazos por la espalda ni lecciones de experiencia. No puedes alardear de nada. No puedes hablar con voz quebrada. No puedes disertar de ésto, y de lo otro, con gesto serio y conocimiento de todo. No puedes afirmar que te encanta y quedarte en nada. No puedes dejarme así.
"Hay que intentar explicar por qué el mundo actual, que es horrible, no es más que un momento en el largo desarrollo histórico, que la esperanza ha sido siempre una de las fuerzas dominantes de las revoluciones y de las insurrecciones, y cómo todavía siento la esperanza como mi concepción de porvenir".
Cada vez que te leo me entran ganas de ansias. De hacerlo todo con menos cuidado, que últimamente parece que mimo demasiado las cosas, míralo, ahí está, otra vez vuelvo a hacerlo. Me entran ganas de follarme a la vida así, con fuerza.
Cada vez que te leo me entran ganas de vivir. De sentir y de arañar, de tener heridas en los rabios y rasguños en las piernas; marcas rojas en la espalda.
Cada vez que te leo me entran ganas de que se me salga el corazón del pecho, joder, de inmolarme y desgarrarme por dentro. De amar y de odiar; me entran ganas de tener ganas. Sin más.
Cada vez que te leo a vos, me violan el alma. Que lo sepas.
La chica, qué digo, la mujer, me mira sonriente desde una fotografía ya gastada por el tiempo. Lleva el pelo al viento, moreno, moreno, y un vestido corto que deja ver el recorrido de las clavículas por debajito de su piel. Sonríe, sonríe mucho y se abraza a la amiga, esa eterna figura que debería aparecer en todas las imágenes que valen la pena. Tienen veinte años y el cabello manchado de arena, y hacen equilibrios sobre una barandilla blanca que separa la calle de la playa. Como si el mundo existiera solamente para ellas.
El olvido del amor se cura en soledad, gritan los altavoces, y yo paso la página para contemplarla de nuevo a ella, tan joven, tan guapa, tan viva y tan todo. Que, tirada en un tramo de césped, huye desesperadamente de las cosquillas de dos chicos y la amiga, la de siempre, la de antes. La misma que llamará en media hora para ir a tomar unas cervezas, que hace tiempo que no nos vemos y hoy estoy por la ciudad, ¿qué te parece?
Hay un periódico abierto en mitad de la mesa. Miles de chavales, "jovenes estudiantes" o "alborotadores antisistema", según el medio que los retrate (que nos retrate), corean consignas en una imagen de media página. "La Juventud Sin Futuro, indignada, se levanta contra el ninsmo", reza el titular. Y yo paso la página del álbum para encontrármela de nuevo a ella, puño en alto e inmersa en una marea humana que fluye por las calles de ese Madrid tan mío, tan suyo, tan nuestro.
Vértigo, que el mundo pare, qué rapido se me hace el viaje. Tengo miedo de que pase el tiempo y me dé cuenta de que no he aprovechado estos años como debería. ¿Por qué cuando miro fotos de mi madre me reconozco a mí en ella?
"Eres dura, tú". Y así, de golpe, me doy cuenta de que últimamente sólo escribo sobre mí misma. Se me enciende la alarma sentada sobre la mesa, mientras él se esfuerza por hacer bajar por su garganta un trago de ron que acaba de pegarle a mi taza de Mafalda. Y mientras la niña de pelo moreno, idéntico al que luzco yo ahora, gira con rictus amargado el dial de una radio de mesa (como la de la cocina de casa, que mi madre encendía todas las noches para cocinar, aunque no le gustara lo que contaban en ese momento), mi mirada se posa apenas un segundo sobre la portada de un periódico que anuncia algo relacionado con el espacio aéreo de Libia, mierda de mundo.
Después me encojo de hombros y le arrebato el vaso de entre las manos, sosteniéndolo entre las mías como si de café caliente se tratara. De fondo no se oye más que música de un bar cercano, mezclada con preguntas borrosas de algún juego de preguntas, de esos que tratan de emular a la vida solucionando todos los problemas mediante un test de tres opciones. Bravo, ganó usted la ficha naranja.
Yo no sé dónde está mi quesito marrón, sinceramente, ni el azul ni el verde ni ninguno de ellos. Quizá debería dejar de beber por las noches, cesar con este martirio continuo que me hace sentirme mal conmigo misma, preguntarme si quizá no soy sólo una jodida hipócrita más, si no sería mejor dejar de creer que creo algo para simplemente sonreir a la tristeza. Y así, de golpe, me doy cuenta de que últimamente sólo escribo sobre mí misma. De los momentos buenos y de los malos. Aunque también es posible que tiempo atrás hiciera lo mismo, que sólo ahora me dé cuenta.
Pero hoy, hoy había césped. Pero hoy, hoy hacíamos Sol.
Te prometo que cuando llegué aquí no pensaba emborracharme. Pero ahora he abierto la botella, fíjate tú, y no tengo ganas de echarle cocacola y no puedo parar de pensar en la otra noche, esa en que después de cinco meses volví a estar viva.
He abierto la ventana, a pesar de que sé que al otro lado no hay más que noche. Noche mojada: como en todos los momentos importantes (o deprimentes, qué más da, o de euforia comprimida), el cielo está llorando. Y yo me castigo harta de repetir las mismas imágenes, los mismos sonidos, las mismas palabras, en un esfuerzo inútil de superación personal, de catarsis vital.
Me dedico a perder las tardes. O a ganarlas, qué más da. Quizá es que existe una seguridad más allá de los abrazos, que solo la lluvia y las trompetas pueden proporcionar. Y el ron de caña. O eso, o hace tiempo que perdí el juicio y vivo cuerda en este mundo de locos ("me gustan locas, porque las cuerdas atan").
Algún día escribiré de liberación sexual y de las pintadas de los muros de mi facultad, supongo. Y de (tus) manos palpando mi (tu) cuerpo, y de que el sexo vacío es un maldito colador repleto de agujeros (va, venga, haz la broma ahora), y de todas las jodidas necesidades emocionales, que al fin y al cabo son las únicas que merecen un esfuerzo por ser sosegadas,
Me gusta la palabra sosegar. Me sosiego tras caer dos metros en picado sujeta a la nada por telas naranjas y moradas, tras un orgasmo cierto o fingido, que si no es por necesidad puta (sí, necesidad pura y puta) sino por sentimiento, acaban siendo igual de bellos. Me sosiego tras quemarme la garganta y tras pasear desnuda por donde no debería; me sosiego tras arañarte la espalda o llorar muy alto o dar vueltas descalza cantando en mitad de la calle, rápido, rápido; me sosiego tras comprobar que me juzgan por lo que saben que soy y no por lo que llevan años creyendo saber.
Te prometo que cuando llegué aquí no pensaba emborracharme.
Comienza su turno a las dos en punto. Entonces se sienta, se alisa el traje negro (camisa blanca), enarbola una sonrisa seductora y dirige las manos al piano. A su alrededor, aristócratas arruinados y señoras con abrigos de falso visón beben wishky caro en un intento desesperado de negar el presente. Y yo me pregunto qué le llevó a él, que difícilmente habrá cumplido los treinta años, a maltratar a Sabina en semejante agujero, con el pelo engominado y la mirada vacía de nada.
Me dan miedo los mundos que se esconden tras las personas. Y a la vez, nunca hubo nada que me atrajera tanto.
Fuera hacía frío. Fuera llovía, durante ciertos momentos llegó a nevar; fuera, el viento arrastraba las hojas secas producto de un falso otoño en el tardío mes de febrero, obligaba a las viejas encinas a inclinarse todas en la misma dirección, reflejo gastado de la sociedad de este nuestro primer mundo, hacía bailar en la nada danzas invisibles a los cabellos de los enamorados que paseaban por el parque cogidos de la mano, evocando un romanticismo decimonónico que nunca recordó tiempos pasados sino presente y ahora y abrazos y abrigos y chimeneas, y piel.
Sin paredes, sin refugios, el mundo de allá fuera se asemejaba al vacío. Planicie infinita, porque qué más dan los árboles (madera viva) y los bancos (madera muerta y barnizada) cuando el tiempo clama. Que cuando el suelo está mojado, mojado, y en el aire no se oye nada, solo queda enredarse entre mantas de lana con alguien a quien se ama de verdad, o condenarse al abandono, soledad en el vacío.
Fuera hace frío. Quizá si ella estuviera allí se sentiría así: sola en el vacío. Pero ahí dentro, dentro de sí misma, todo es distinto. Y ya no nota el rocío de la hierba traspasando su vestido, ni sus manos congeladas, el gorro calado, los pies azulados, no. Solo está el calor interior, que le sale del estómago y se extiende por todo, lo abarca todo. Y ya no hay vacío, ya no hay nada. Que fuera los enamorados se abrazan, sí, pero dentro, dentro su corazón late. Y cree ella, ingenua, que eso es más importante.
- Perdone, ¿tienen tetas de mentira?... Pechos de plástico, digo. - Oiga... ¿hachas de leñador? - Mire, es que estoy buscando una peluca de rizos, pero que no sea de chica, así como... Bueno, ¿usted conoce al guitarrista del los G'N'R? - Estas babuchas... no las tiene en morado Aladín, ¿verdad?
Los indios shuar, los llamados jíbaros, cortan la cabeza del vencido. La cortan y la reducen hasta que cabe en un puño, para que el vencido no resucite. Pero el vencido no está del todo vencido hasta que le cierran la boca. Por eso le cosen los labios con una fibra que jamás se pudre.
"¿Sabes? Siempre me gustaron las mujeres en las ventanas. Una vez hice un trabajo sobre ese tipo de escenas en películas". Y yo estiré un poco las piernas, deslizándolas sobre la cama, sonriendo permisivamente y haciendo como si no hubiera oído nada mientras contemplaba cómo caía el agua fuera en la calle.
"A mí me gusta la luz en el agua: no la luz ni el agua, sino cómo se refleja la una en la otra", respondí al cabo de unos minutos. "Es más bonito conforme se hace de noche", "Como casi todas las cosas", murmuré. Y después él rió, y yo me sentí estúpida, como casi siempre, fuera de lugar.
Al otro lado del cristal llovía. "La gente corre cuando llueve", musité para mí misma, con el mismo tono de niña que cuando señalo en voz alta el color verde del césped, tan vivo, que transmite ganas de rodar por él o de mancharse de rocío; con el mismo tono idiota que cuando comento que la chimenea de casa de mis abuelos calienta las manos, fíjate, conforme las acerco me siento mejor, y alguno de los autodenominados adultos de mi familia me miran con gesto preocupado, Julia, crece de una vez; con el mismo tono ingenuo que aquella vez que le pedí a ese chico del metro: por favor, quítate los cascos, que la mujer está cantando para poder comer y a mí me entran ganas de llorar.
"Deberías escribir un libro con ese título". Y yo trato de borrar todo lo que me pasa por la cabeza, aquella noche cerca de Ópera con la falda calada pégada a las piernas, a sus piernas; el llanto que me regaba por dentro en las tardes de verano, cuando no podía más y pensaba que quizá nada merecía la pena; los paseos por Mánchester cuando salía del trabajo y me sentía más sola que nunca, por muy acompañada que estuviera de abrazos vacíos; las gotas que resbalan por el cristal de la ventanilla mientras abajo me dicen adiós con la mano; el echar de menos un hombro amigo con el que acurrucarte bajo una manta, taza de café en mano. Y sonrío.
"Quizá algún día... Tengo bastantes cosas escritas sobre la lluvia".
Bañada en salitre flota en la memoria de los días grises fumo en la ventana veo tu silueta sobre el arrecife.
Lo siento. Sé que esas dos palabras no os sirven de una mierda, y asumo que tenéis todo el derecho del mundo a esbozar sendas sonrisas irónicas y comentar jocosamente que vaya, pobre ella que lo siente y no hemos sabido comprenderla. Pero a pesar de todo, es verdad. Tan verdad como que no puedo deciros más ni tengo tampoco derecho a ello; tan verdad como que cada vez que pienso en lo que sin querer y sin percatarme siquiera, actuando como una estúpida inmadura, os he hecho, me parto por dentro en dos. Y de nuevo repito: por favor, ser libres de reír con sarcasmo de ese tan ácido, me sentiría casi peor si no lo hiciérais.
Sabéis que no me gustan las medias tintas. Y que la brutalidad directa es muy vuestra, muy nuestra. Y que probablemente éste no sea el mejor sino el peor medio para transmitir nada medianamente serio. Pero ayer un adiós así, seco, no me dejó seguir intentándolo, y no tengo dinero para llamar a nadie ni fuerzas para presentarme por sorpresa a la salida de vuestra facultad, que es lo que debería hacer, ni nada.
Hoy no podía más y me he ido a la cama, y al despertarme no podía pensar en otra cosa que en que la había cagado, que había metido la pata hasta el fondo. Hace ya mucho tiempo. Que debí haberme dado cuenta hace meses lo sé; que sueno el dobre de estúpida ahora, escribiendo esto aquí como si nada, también.
Me toca, a pesar de todo, pediros una segunda oportunidad. Porque de verdad que os quiero. Por favor.